. El negocio inmobiliario y las necesidades existenciales en la geografía rosarina muestran los altísimos precios de las construcciones, por un lado, mientras que por el otro se repiten tomas de tierras por desesperados. A nivel nacional, la mayoría de las importaciones demuestran el talón de Aquiles del modelo: continuidad de la extranjerización de las principales energías del país y poco desarrollo de una industria nacional que nutra la producción y el mercado interno. Y a escala planetaria, el intento de grandes y pocas corporaciones de limitar los alcances de internet muestran los deseos de las minorías de instalar, definitivamente, el neofeudalismo del tercer milenio. Tres números pensar tres temas de esta semana.
5 mil dólares.
La publicación especializada en temas económicos de la ciudad de Rosario, “On 24”, informó la semana pasada que el precio del metro cuadrado edificado a pocos metros del río Paraná es de 5 mil dólares. El mismo valor que tiene idéntica superficie en Punta del Este. La mención realizada por una especialista en el tema es saludada como uno de los tantos símbolos del “progreso” económico de la ciudad, otrora considerada obrera, portuaria, industrial y ferroviaria. Hoy, Rosario, es definida desde su propia administración como “turística”. De tal forma, semejante valor inmobiliario es una postal a presentar para los negocios de muy pocos. Una ciudad que promete ganancias suculentas para los que están en la cuestión inmobiliarias.
Pero del otro lado de esta postal de la opulencia, la segunda quincena de enero entregó tres ocupaciones de tierra de casi un millar de familias desesperadas que andan buscando un lugar para intentar saber qué significa tener una vivienda digna.
Síntomas de un negocio inmobiliario que sigue su propia ruta pero que todavía exhibe indiferencia y casi desprecio por las necesidades básicas populares como el techo propio para los que deciden insistir en tener un futuro parecido a sus sueños.
Y un dato más: durante 2011, el diario “El Ciudadano” informó que había alrededor de 40 mil departamentos vacíos en la ciudad.
Si se contrasta esa cifra que equivale a cuatro ciudades porque en la provincia de Santa Fe una comuna de transforma en municipio cuando alcanza los 10 mil habitantes, si se la opone a la urgencia habitacional de otras 50 mil familias, el sabor agrio que deja la comparación exige una decisión política a favor de los que son más y que, por ahora, no está.
Lo que si se confirma es que en la ciudad turística el metro cuadrado edificado en cercanías del Paraná es de 5 mil dólares. Una obscenidad.
52 por ciento.
La información oficial es precisa: el año 2011 terminó con un superávit comercial de 10.347 millones de dólares, por debajo de los 11.632 millones de dólares de 2010.
Es la diferencia entre lo que se exportó (84.269 millones de dólares) y lo que se importó (73.922 millones de dólares).
Esas compras al exterior fueron un 31 por ciento más grandes que durante el año del bicentenario.
Al analizar la composición de las importaciones aparecen algunas ideas para pensar el actual modelo vigente en la Argentina.
El 20 por ciento de las importaciones fueron bienes de capital, máquinas y otros elementos indispensables para la fabricación de otros bienes; el 13 por ciento, combustibles y lubricantes; y otro 19 por ciento en piezas para bienes de capital, es decir, herramientas destinadas a las maquinarias.
Estos tres rubros suman el 52 por ciento de las importaciones.
Las tres áreas están demostrando los límites de la actual política económica: a pesar del alto nivel de crecimiento no se ha verificado un desarrollo industrial que comience a producir lo necesario para la fabricación de maquinarias de base o, como se decía en los años cincuenta, la industria pesada.
Y, por otro lado, en medio del contexto latinoamericano donde la nacionalización de los recursos estratégicos es algo común, resulta indispensable proclamar la urgencia de recuperar el petróleo y el gas a manos del estado argentino.
No tiene demasiado lógica comprar combustibles derivados del subsuelo argentino pero a precios internacionales porque la mayoría accionaria de YPF o los restos de Gas del Estado están en manos extranjeras.
Ese 52 por ciento de las importaciones marcan los límites del desarrollo argentino pero, de manera cotidiana y concreta, las fronteras del trabajo legal y estable en la realidad del tercer milenio.
142 corporaciones
En la edad media, los señores feudales y la iglesia eran los dueños de las tierras, los cuerpos, la salud y la educación.
La mejor síntesis está en la película “El nombre de la rosa”, basada en la genial novela de Umberto Ecco.
Los castillos de los señores feudales, por un lado, y del otro lado de las murallas, los desesperados, los que eran más.
La caída del imperio carolingio, como alguna vez estudiamos en la escuela secundaria, trajo el surgimiento de las ciudades, los burgos y el nacimiento de una nueva clase social, la burguesía y, por ende, el modo de producción que devastaría el reinado de los feudos, el mercantilismo como base del capitalismo.
Las minorías generaban las condiciones que la desplazarían.
Con internet sucedió algo parecido: una herramienta pensada como arma militar terminó siendo utilizada por millones y millones de habitantes del planeta.
Ahora, 142 grandes multinacionales decidieron volver a levantar los muros, consolidar el neofeudalismo de tercer milenio al impulsar las leyes SOPA y PIPA que intenta censurar el tránsito de información por la web.
Una clara demostración de las minorías por volver al viejo orden feudal.
Una intención que, seguramente, será derrotada por las mayorías del mundo, a pesar de los pesares multiplicados del capitalismo.